Martes 6 de Octubre de 2026

Hoy es Martes 6 de Octubre de 2026 y son las 08:28 - ¡Hola! Bienvenido a mi sitio web. Te invito a recorrer las secciones.

CULTURA

06/10/2026

Violencia racial, duelos al amanecer y una guerra estatal contra los pueblos indígenas: el lado oscuro de la fiebre del oro que nadie cuenta

Violencia racial, duelos al amanecer y una guerra estatal contra los pueblos indígenas: el lado oscuro de la fiebre del oro que nadie cuenta

Fuente: Netfan Servicios

Los libros de historia recuerdan la euforia de los buscadores de fortuna, pero omiten las partidas armadas contra chilenos y originarios. Nathaniel Philbrick, en "The Rush", recupera a los aplastados por la codicia y a los que la usaron para forjar un poder insospechado

La fiebre del oro siempre ha sido mi punto débil. Incluso hoy, leer sobre el descubrimiento casual de un enorme yacimiento de oro en California casi en el preciso momento de su anexión a Estados Unidos, en 1848, basta para convertir a este observador, por lo demás bastante crítico de la vida estadounidense, en un ferviente creyente del Destino Manifiesto, aunque solo sea durante un grato instante de irreflexión.

Como sostiene Nathaniel Philbrick en The Rush, su relato de lectura compulsiva sobre aquel período, la carrera febril por hacerse rico en un lugar desconocido parece ofrecer una versión condensada de la historia nacional y encierra la idea de que la reinvención, para los individuos y quizá para el país en su conjunto, está siempre a un golpe de suerte de distancia.

The Rush complejiza el relato conocido de buscadores de oro esperanzados y proveedores astutos: contrapone el romanticismo a la realidad e incorpora más personajes a la historia. Philbrick, un cronista experimentado y popular del pasado estadounidense, se ocupa tanto de quienes quedaron aplastados por la fiebre como de quienes la aprovecharon para alcanzar niveles asombrosos de riqueza e influencia. Le interesan en particular las consecuencias políticas. "Empecé a comprender que el descubrimiento de oro en California formaba parte de una fiebre mucho mayor ?y, en última instancia, más trascendental?: la carrera hacia la Guerra Civil", escribe.

El libro comienza con una descripción sugerente de San Francisco en los meses posteriores a que un carpintero divisara algunas escamas brillantes en las estribaciones de Sierra Nevada, en enero de 1848: la cabalgata de buscadores de tesoros llegados de todos los rincones del mundo y las fortunas enormes que se ganaban y perdían en cuestión de minutos. "El propio aire está preñado del magnetismo de una acción audaz, enérgica e incansable", observó un periodista.

Persiguiendo rumores, los marineros abandonaron cientos de barcos en el puerto. Empresarios sagaces llevaron las embarcaciones a la costa y reclamaron aquellos restos ensamblados con clavos como terrenos comercializables. Seis veces en 18 meses, los incendios devastaron la ciudad; sin embargo, sus dirigentes hicieron poco para detenerlos, pues podían beneficiarse de la destrucción.

Philbrick recuerda que los estadounidenses del este no fueron los primeros en llegar a California en busca de oro: "The Rush" retrata los primeros días a través de los ojos de Vicente Rosales, un inquieto periodista chileno y contrabandista de caballos. Muchos de sus compatriotas de la costa se enteraron de la noticia del hallazgo antes que la mayor parte del mundo y se apresuraron a aprovecharla.

Cuando los estadounidenses blancos de Massachusetts y Nueva York finalmente llegaron ?el viaje por mar de Boston a San Francisco tomaba unos seis meses?, estaban ansiosos por recurrir a la experiencia de los chilenos. Su gratitud duró poco. "Con un peculiar mal gusto y un sentimiento mezquino", según lo expresó Rosales, esos "gringos envidiosos" organizaron partidas armadas para expulsar a sus benefactores.

La violencia racial también estalló contra las comunidades indígenas locales. En 1851, el primer gobernador de California anunció que el estado libraba una "guerra de exterminio" contra los pueblos nativos. Más tarde ese año, aunque el gobierno estatal ya se había apartado en gran medida de esa postura extrema, milicianos blancos invadieron lo que hoy se conoce como el valle de Yosemite para perseguir a sus habitantes. Algunos estaban tan entusiasmados con su misión que no repararon en el paisaje. "Si hubiera sabido que el valle iba a ser tan famoso", dijo después uno de ellos, camino a expulsar a los ahwahnechee, "lo habría mirado".

Philbrick, quien ha dedicado buena parte de las últimas dos décadas a escribir sobre George Washington y su época, se siente atraído por las historias de quienes fueron a California no en busca de oro, sino de poder. La mayoría de las disputas de poder en el futuro estado giraban en torno al porvenir de la esclavitud. El excongresista de Misisipi William Gwin dejó a sus 200 sirvientes esclavizados en casa cuando viajó al oeste en 1849. Lideró "la Caballería", una maquinaria política favorable a la esclavitud que pretendía incorporar California a la órbita sureña, incluso si para ello debía dividirla en dos.

El rival de origen humilde de Gwin, David Broderick, lideraba "la Palería", una facción de mineros y trabajadores en general favorable al Norte. La influencia en California pasaba a menudo por el Congreso federal, y Broderick dijo una vez que aceptaría "ser asado a fuego lento" por el privilegio de ocupar un escaño en el Senado durante un día. Cumplió su sueño durante dos años y medio antes de morir asesinado en un duelo en 1859.

Al describir estas batallas y otras similares, Philbrick da vida a los dramas políticos ásperos de la época con detalles convincentes y una confianza admirable en la disposición de sus lectores para seguir las cambiantes facciones y alianzas. Sin embargo, en comparación con sus libros más concentrados sobre el Mayflower y la historia real detrás de "Moby-Dick", "The Rush" parece algo disperso y sin un centro claro.

No siempre queda claro por qué conocemos unas historias y no otras. Philbrick define el libro como "íntimo y panorámico a la vez", y lo es, pero también se parece más a un compendio de relatos entrelazados, ensamblados unos con otros, que a una narración coherente. Un epílogo sigue las vidas y desventuras posteriores a la fiebre del oro de nada menos que 34 personas.

No obstante, el libro funciona porque Philbrick es un narrador de gran talento y maestro de la viñeta cinematográfica. Conocemos a personas tan extrañas y vívidas que amenazan con robarse el protagonismo, como Mary Ellen Pleasant, una empresaria antes esclavizada, conductora del Ferrocarril Subterráneo y supuesta hechicera vudú que tomó su fortuna de California y llenó las arcas del abolicionista John Brown para financiar su incursión de 1859 en Harpers Ferry.

Historias como la suya constituyen los elementos de una afirmación más amplia. En algún momento alrededor de 1849, sugiere Philbrick, el carácter estadounidense cambió. Ese es el significado final de la fiebre: una transición acelerada de la realidad física y material hacia algo más fluido y abstracto, del mundo del metal duro a un "ámbito etéreo" en el que todavía vivimos.

Philbrick traza un hilo algo sinuoso desde el oro de las estribaciones hasta Leland Stanford, el magnate ferroviario y gobernador de California cuya finca de Palo Alto se convirtió en la Universidad Stanford y en el lugar de nacimiento de Silicon Valley. Su financiamiento de los primeros experimentos con imágenes en movimiento en la década de 1870 representa, según Philbrick, el momento en que la modernidad se afianzó. Después de la fiebre del oro, escribe, "el fracaso era el costo de la innovación. Uno se movía rápido. Rompía cosas. Lo intentaba otra vez. Y, cuando funcionaba, los resultados eran transformadores".

El planteamiento resulta intrigante más que plenamente convincente y habría podido fortalecerse con más análisis y argumentos de los que suele permitir la ligera intervención autoral de Philbrick. Al ceñirse al enfoque de una cosa tras otra, el autor corre el riesgo de repetir el mismo truco que Stanford y sus colegas magnates intentaron ejecutar: blanquear todo el fraude, la violencia y el saqueo de la fiebre del oro hasta convertirlos en algo más reluciente y fácil de vender como mitología nacional.

Después de cada incendio de finales de las décadas de 1840 y 1850, escribe Philbrick, los habitantes de San Francisco apenas se detenían antes de reconstruir sobre "los restos todavía humeantes de su antigua ciudad, demasiado obsesionados con perseguir ganancias como para tomar las precauciones que podrían impedir otro desastre". Al llevar la historia hasta el presente, Philbrick advierte la persistente capacidad de los californianos, y de todos los estadounidenses, para concebir nuevas ilusiones mientras viven al borde de la destrucción.

Sin embargo, algunas de sus fuentes eran un poco menos optimistas. "A menudo me pregunto si este gran pueblo volverá por completo a la barbarie", reflexionó hacia 1851 un buscador de fortuna nacido en el extranjero. "Toda la ciudad apesta a degradación".

Fuente: The New York Times

Fuente: Netfan Servicios